8 de agosto del 2026 posesion-presidente-de-la-espriella-anhelamos-la-unidad-de-la-nacion
Tras la imposición de la banda presidencial en la Arena de la Universidad Santiago de Cali (USC), el espacio de oración fue precedido por una emotiva interpretación del Aleluya a cargo de la cantante Maía, dando paso a las intervenciones de las siguientes figuras religiosas:
David Michaan (Gran Rabino Sefardí de Colombia): Fue el primer líder de fe en tomar el atril. Reflexionó sobre la sabiduría del liderazgo basado en el espíritu de servicio y no en el poder. Cerró su intervención con una plegaria y una arenga política: "¡Viva Colombia, viva Israel!", alineada con el restablecimiento de relaciones diplomáticas planteadas por el nuevo Gobierno.

Eduardo Cañas Estrada (Pastor Cristiano Evangélico, fundador de la iglesia Manantial de Vida Eterna): Solicitó a los miles de asistentes ponerse de pie para elevar una oración de protección. Pidió para De la Espriella firmeza, sabiduría, justicia, humildad y que el nuevo jefe de Estado "sea guardado de atentados terroristas".
Capellán de la Presidencia de la República: El sacerdote católico encargado de la capellanía de Palacio ofreció una oración enfocada en que el mandatario cuente con la prudencia necesaria para decidir y un corazón dispuesto a buscar el bien común por encima de intereses particulares.

Finalmente, Monseñor Francisco Javier Múnera Correa (Presidente de la Conferencia Episcopal de la Iglesia Católica en Colombia) clausuró el segmento interreligioso anunciando los tres grandes anhelos del pueblo colombiano: 1) "Anhelamos la unidad de la nación", 2) "Deseamos avanzar en el camino hacia la reconciliación y la paz" y 3) "Anhelamos sostener la esperanza y la alegría". Estas fueron sus palabras:
Señor presidente de la República, señor vicepresidente, señores congresistas, señores jefes de Estado, delegaciones internacionales y cuerpo diplomático, distinguidos representantes de las instituciones del Estado y de la sociedad civil, colombianas y colombianos: nos reúne en esta tarde el singular acto de posesión presidencial que como cada cuatro años en la historia reciente del país convoca a las fuerzas vivas de la nación para dar inicio con solemnidad al mandato de quien ha sido elegido como jefe de Estado. Por ello, uno mi voz a la de las colombianas y colombianos que desean expresarle al Presidente de la República, Doctor Abelardo de la Espriella, a su vicepresidente, Doctor José Manuel Restrepo, y a todo el equipo de gobierno que los acompaña, los sinceros deseos de bienestar y bendiciones para el servicio que hoy emprenden en bien del país.

Para ello tomo las palabras del Salmo 84 con el deseo de que el amor y la verdad se encuentren, la justicia y la paz se abracen, que la verdad brote de la tierra y la justicia se asome desde el cielo, junto con nuestros buenos deseos. Quisiera expresarle, señor Presidente, tres anhelos que están en el alma del pueblo colombiano. En primer lugar, anhelamos la unidad de la nación, lo que no significa uniformidad, sino armonía, el resultado paciente de crear una sinfonía de relaciones, de reconocimiento del valor de quien piensa distinto y de comprensión de que el futuro se construye integrando.
En esa tarea, mujeres y hombres estamos llamados a caminar juntos. El país necesita la inteligencia, la sensibilidad, la fortaleza y la capacidad de cuidado que cada persona aporta desde su propia vocación y responsabilidad. Sólo una sociedad que valora plenamente la contribución de todos podrá avanzar hacia un desarrollo verdaderamente humano e integral para que nadie se sienta excluido ni discriminado.

En segundo lugar, deseamos avanzar en el camino hacia la reconciliación y la paz, que sigue siendo uno de los mayores anhelos de Colombia. Ellas florecen cuando se cultivan la verdad, la justicia, el perdón y la solidaridad. Se hace realidad cuando disminuyen las desigualdades, cuando la corrupción cede su lugar a la transparencia, cuando la violencia deja de ser un lenguaje y cuando cada ciudadano descubre que el destino del otro también compromete el propio.
La reconciliación y la paz necesitan ciudadanos responsables, instituciones sólidas y gobernantes capaces de escuchar, dialogar y decidir, pensando en las generaciones presentes y futuras.
Finalmente, señor Presidente, anhelamos sostener la esperanza y la alegría. Como creyentes sabemos que la esperanza no es ingenuidad, sino la fuerza que nos impulsa a perseverar.

Colombia ha demostrado una y otra vez que posee una inmensa capacidad de levantarse y continuar. Esa esperanza debe traducirse en decisiones valientes, en gestos de perdón y reconciliación y en un compromiso renovado por el bien común que nos permita conservar y fortalecer la reserva moral, cultural y espiritual que tenemos como país pluriétnico, multicultural y biodiverso. Este anhelo nos lleva a pensar de manera premiante en los millares de pobres que carecen con frecuencia de lo necesario para vivir y que están necesitados de vías concretas para su desarrollo humano integral.
Como expresó el Papa Francisco de Feliz Memoria, los pobres casi siempre son víctimas, no culpables. Promoviendo a los débiles, los vulnerables y los abandonados de la sociedad es como un gobernante adquiere grandeza. Estos anhelos los podemos realizar si los asumimos como una tarea compartida entre todos, instituciones del Estado, gobernantes del orden nacional y local, familias, comunidades educativas, empresarios, trabajadores, campesinos, pueblos indígenas y abrodescendientes, jóvenes, adultos mayores, comunidades y diversas confesiones de fe y organizaciones de la sociedad que caminan juntos, como lo ha expresado recientemente el Papa León XIV en la "Magnífica Humanitas", para leer en profundidad la realidad, promover la dignidad de cada persona, la cohesión de las comunidades, el cuidado de la casa común y el bien de todos.

Concluyo con esta plegaria del Papa Francisco en su encíclica sobre la fraternidad y la amistad social "Fratelli Tutti". Oración a Dios Padre Creador, Señor y Padre de la Humanidad, que creaste a todos los seres humanos con la misma dignidad, infunde en nuestros corazones un espíritu fraternal, inspíranos un sueño de reencuentro, de diálogo, de justicia y de paz, impúlsanos a crear sociedades más sanas y un mundo más digno, sin hambre, sin pobreza, sin violencia, sin guerras. Que en nuestro corazón se abran todos los pueblos y naciones de la tierra, para reconocer el bien y la belleza que sembraste en cada uno, para estrechar lazos de unidad, de proyectos comunes, de esperanzas compartidas.
Amén. Muchas gracias.